Tengo las luces en la cara; son esas intermitentes, como flashes de cámaras pero más grandes, más violentas. Me marean, como si lo que tomamos antes no hubiese alcanzado para hacerme tambalear.
Pienso que soy como un pez y la gente es mar sudoroso, mar oloroso de puchos y transpiración.
Pienso que tal vez los peces se sienten solos en el mar, que todo está oscuro alrededor y no pueden encontrarse unos a otros cuando en realidad están al lado, pegaditos, pero no pueden saberlo porque no se ven y no se sienten.
Hoy tengo ganas de bailar, le digo a quien está al lado mío, que asiente y se mueve ondula menea contonea. Tengo que hacer lo mismo: quiero bailar, cobijarme en el frenesí del baile el alcohol y las drogas, triste consuelo pero mejor que nada.
Entonces me muevo. Cierro los ojos. Arriba los brazos. Siento el contacto de un alguien y otro alguien y alguien más. Abajo la cadera. Calor humano: pelos corazones latidos sangre pulsante canciones.
Pienso que las canciones parecen coros religiosos: nuestro patético templo derruido es boliche y nuestra fe es la alegría que quizá no sentimos pero es necesario demostrar. Que me creo atea pero comulgo con esto sin chistar.
Pienso pero no paro de bailar. Es como una manada, todos para un lado todos para el otro, un mandato musical que no tiene ningún sentido más que arengarnos a esta felicidad momentánea de sábado viernes miércoles que no llena pero alcanza.
Pienso que los peces son fríos y resbaladizos porque viven sumergidos en agua helada. Pienso que mi sangre es caliente y también lo es mi mar.
Me doy vuelta y agarro un brazo: de hombre, es fuerte, es firme, está vivo y tiene pulso. Me entiende lo que pido porque capáz lo ve en mi cara, o capáz piensa lo mismo; los por qués no me interesan y a él tampoco, entonces bailamos juntos. Pegados. Le siento el corazón y me conforta. La espalda es ancha, los tendones se tensionan cuando se mueve conmigo, a mi ritmo, que es un poco ajeno al de la música pero está bien.
Su boca me busca y es ansiosa, apurada. Mi boca le contesta y es ansiosa, apurada.
Pienso que soy como un pez pero no quiero.
Pienso que los peces están solos y yo no quiero.
Pienso que hoy, aunque sea por un rato,
voy a quererte como a nadie.